Nicolás Maquiavelo enseñó que los gobernantes tienen dos maneras de ejercer el poder: haciéndose amar por sus súbditos o haciéndose temer. Alperovich eligió la segunda alternativa. Y quienes suscribieron en 2003 ese vínculo de vasallaje con el mandatario, así lo aceptaron. El miedo disciplina y es la argamasa que une los cimientos del poder alperovichista. Amaya siempre estuvo de acuerdo con la titularización de 300 docentes, pero tuvo miedo de manifestárselo a su jefe político. Temió un "no" por adelantado porque la iniciativa llegó al Concejo Deliberante de la mano de su escudero, Germán Alfaro, quien el último año se transformó en mala palabra para los alperovichistas. Por miedo a chocar contra una pared, Amaya calló y evitó sentarse a conversar con Alperovich. A pesar de que desde el alperovichismo se cansaban de enviarle señales. "Si Amaya se lo pedía, el gobernador le decía que sí", reflexionaba ayer un ultraalperovichista. Acorralado por los tiempos, Amaya dio un nuevo paso en falso y tropezó. Se anticipó al asegurar que el titular del PE aprobaría la iniciativa. "Que se queden tranquilos los docentes. Estoy seguro que él va a dar el visto bueno", había dicho. Ayer, Alperovich le dijo que no. La titularización de 300 docentes seguirá siendo un anhelo. La independencia política del amayismo, también.